Sus huellas dejaban la sombra de una historia por el patio del refugio. Angy volvía, como cada tarde, de un paseo.
Todos los compañeros de la residencia sabían que era ella por su manera de contonearse, casi musical. Sus pasitos contaban una historia nada ajena para el resto de compañeros. Pero todos coincidían en que ella lo tenía más difícil.
En el camino lo escuchó. Un sonido que todos los peludos necesitaban oír más que ningún otro. Angy corrió y les contó al resto de cheniles de lo que había podido enterarse.
– Es un niño –decía, feliz, mientras se preguntaba si sería esta su oportunidad.
– Déjalo ya, Angy, seguro que se llevará a alguno de la camada de Daisy. Ya están preparados para irse.
Las palabras del viejo Tiger no podían ser verdad.
– Esta vez no, tengo un presentimiento.
– Siempre lo tienes.
– Y que lo digas tú, además… -Luca, una galga gris se acercó al lado de su chenil que cortaba con el de Angy.
– He trabajado muy duro.
– Sí, pero necesitan una licencia. Y aunque se interesasen, seguro que les cuentan que no tenías muchos amigos antes.
– Tú lo has dicho ¡antes! Ahora las cosas son diferentes. Es verdad que me gusta estar sola con los humanos, pero quiero tener hermanos y amigos. He trabajado y aprendido mucho, ¿eso no vale nada?
Los pasos se acercaron. Angy contó a tres humanos, uno de ellos debía ser el niño.
Intentó no mostrarse ansiosa, sentada en su chenil, pero se emocionó tanto cuando el pequeño se dirigió al suyo que no pudo evitar ponerse a dos patas en la reja para saludar.
El niño se asustó y se echó hacia atrás instintivamente.
Angy se quedó sin voz. La pena se la comía. Otra Navidad allí dentro. Otra familia que no la escogía a ella.
Se decía que tenían razón.
– Lo siento, Angy, ojalá me equivocase, pero llevo muchos años ya aquí –la consolaba el viejo Tiger, cuyas canas ya empezaban a cubrirle casi todo el rostro.
– Seguro que otra vez será, pequeña –Luca le acarició la carita desde su chenil.
Y cuando Angy estaba a punto de llorar, se escuchó un golpe muy fuerte. Y de pronto, Braco, uno de los perros que no estaba todavía entrenado salió de su jaula. La baba iba dejando un hilo por el suelo y recorrió el pasillo en cuestión de segundos.
Angy lo supo, no sabía cómo pero lo supo: iba a por el niño.
Sin pensárselo dos veces, aprovechó una pequeña rendija de la puerta para atravesarla y corrió directa hacia el mismo niño que se había asustado segundos antes.
– ¡Juanito! –escuchó gritar a los padres.
El pequeño la vio venir como un rayo color canela de 20kg de peso y gritó. Pero justo cuando estaba llegando a él, le dio la espalda y le sacó los dientes a Braco, que ya había llegado. Si solo hubiera tardado un segundo menos…
Le ladró tanto que pareció asustarlo. Pero el mastín de color negro había sido utilizado en peleas de perros y todavía no había aprendido qué debía y qué no debía hacer.
Cuando intentaba acercarse al niño, Angy le lanzaba bocados al aire hasta que se alejaba. Ella sentía justo detrás al pequeño y la tranquilizaba. Estaba muy asustaba pero sabía que era lo que tenía que hacer.
Por fin llegaron los trabajadores y se llevaron a Braco. A Angy le dio un poco de pena, pero sabía que tenía que aprender, como había aprendido ella. Era la única manera de que encontrase paz y un hogar con mantitas calentitas y juguetes todos los días.
Se dio la vuelta y vio al niño sentado en el suelo, aterrado. Ella le lamió la cara para decirle que todo iba a ir bien y, poco a poco, se tranquilizó. Se abrazaron.
Sus padres aparecieron y corrieron a por el niño. Lo apartaron de Angy y ella supo que ya había acabado su función. No quería (ni podía) culparles: si la adoptaban tenían que adoptar también sus problemas.
Los humanos hablaban y ella no quería escuchar. Cuando estaba ya casi en la puerta de su chenil, el niño se acercó y la abrazó de nuevo.
– Gracias.
Nunca le habían dicho aquella palabra y no tenía muy claro qué significaba.
– Bueno Juanito, ¿ya lo tienes claro?
Gracias Adriana por tu relato 💜
ANGY, Pitbull de 3 años en adopción. Como bien se sobreentiende en este bonito relato de Adriana, es la mejor compañera para un niño 🙂
Está en Sevilla, pero puede viajar a donde sea necesario.
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