Dicen que los de mi raza no somos de fiar, incluso antes de conocerme, ni me han olido y ya creen saberlo todo sobre mí. A veces me han llamado Peligrosa, aunque al único nombre que atiendo, y que de verdad me representa, es Angy. Esa sí soy yo.
Me he curtido en las calles y puedo decir, con cierto orgullo, que soy una superviviente. Cuando eres un perro callejero, ver amanecer un nuevo día se convierte en un privilegio que no todos podemos contar. Mi seguridad ha estado expuesta desde el momento en que nací, y he sentido que vivía una vida prestada que, en cualquier momento, podía dejar de ser mía. El mundo no ha sido un lugar hospitalario para mí. Sé lo que es pasar hambre, frío y miedo. He conocido la indiferencia y la crueldad, pero lo peor de todo ha sido sentirme sola y olvidada, e incluso llegué a pensar que era invisible, hasta el día que unas buenas personas se cruzaron en mi destino y al fin pudieron verme.
Tengo que reconocer que me ha precedido la fama de no ser la más popular entre mis congéneres. Este detalle, aunque también pertenece al pasado, ha jugado en mi contra a la hora de encontrar un hogar definitivo. Hace más de un año, el tiempo que llevo viviendo en la residencia, un educador me ha enseñado a relacionarme y juntos hemos logrado la mejor versión de mí misma. Soy sociable y extrovertida con todos los perros, y estoy preparada para poder estrenar una familia que me quiera a su lado.
Tengo tres años y todavía no he encontrado mi lugar. He estado en varias familias de acogida. En casa soy buena, educada y ayudo en todo lo que me piden, sobretodo cuando se trata de cuidar niños. Soy su fan número uno, si estoy en su compañía me muero de emoción, mi corazón se agita de alegría y, de pronto, mi vida se vuelve cálida y todo cobra sentido.
Estos sentimientos incondicionales proceden de generaciones anteriores. Durante los siglos XIX y XX, en Estados Unidos mis antepasados eran conocidos con el apodo de “perros niñera” por su carácter cariñoso, familiar, e incluso, en contra de lo que algunos pueden creer, sociable con los extraños. Pero parece ser que ahora, por causas ajenas a mí, la historia ya no se escribe a mi favor, a pesar de que hace tiempo mi maleta está lista para ir a un hogar. Mientras tanto, la vida sigue su marcha. Los días se convierten en semanas, las semanas en meses y los meses en años, y yo sigo aquí, cargadita de emoción y buenas intenciones, esperando a que al fin vengas a buscarme.
Relato “Yo soy Angy”, de Ana Lago 💜
ANGY, pitbull de 3 años en adopción.
Está en Sevilla, pero puede viajar a donde sea necesario.
veroadopciones@hotmail.com
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