El parque estaba vacío. Nadie bajaba a la calle a esas horas del día, por eso había escogido hacerlo en ese momento. Para poder estar los dos solos, por última vez. Juntos. Como había sido siempre.
Se estaba muriendo. Los médicos le confirmaron que no había esperanza, que el tumor se había apoderado de su cuerpo y que era demasiado tarde para poder hacer nada por su vida. Y supo que todo había acabado. Y ellos deberían despedirse. Ya no habría más paseos, no habría más caricias, ni abrazos, ni besos. No habría más juegos con los que tanto se divertían los dos. No habría más tardes de relax en casa. No habría más noches
de manta, ni tampoco alegrías cuando volviera a casa después de trabajar. La muerte les sobrevino a los dos y había roto sus vidas en mil pedazos.
Nunca olvidaría el día de vuelta a casa después de la noticia del maldito tumor terminal. Cuando abrió la puerta de su apartamento allí estaba él, como todos los días cuando llegaba a casa: esperando tras la puerta, moviendo su rabo a gran velocidad mientras saltaba de alegría con sus cuatro patas; feliz por volver a verle. Sin parecer ser consciente de que se estaba muriendo y de que pronto se tendrían que separar. Goku, su
perro pastor, era el mejor perro del mundo. Siempre a su lado, sin un mal gesto nunca, cariñoso, siempre buscando y dando mimos a su manada, protector y guardián, cuidando de que su familia nunca estuviera en peligro. Y cuando podía estar en peligro ladraba para avisar. Pendiente de todos. Amigo de abrazos en los días tristes y compañero de juegos todos los días. Un gran y fiel amigo. Nunca defraudó. Estuvo a su lado siempre, a sus órdenes. Confiando ciegamente en él. Pero ahora… ¿qué iba a ser de
él?
No tenían mucho tiempo. Tenía que buscarle un hogar. El mejor posible. Sin
hermanos, ni padres, ni familia cercana que pudieran hacerse cargo de su amigo lo tenía realmente difícil: la única persona que podía hacerlo tenía la intención de abandonarlo a su suerte en la perrera municipal en cuanto él muriese.
Una punzada oprimió su pecho cuando pensó en Goku, obligado a quedarse en el hogar desconocido. Ojalá pudiera explicarle qué estaba pasando. Habría ofrecido gustoso su vida, la que iba a perder en cuestión de semanas, si a cambio su perro entendiera que no le abandonaba, sino que le dejaba a salvo. Pero era imposible.
Al final, lo consiguió. Tras unos días de intensa búsqueda, dio con el mejor hogar para Goku. No era una casa con una familia para él solo pero, por lo menos, tenía la certeza de que allí estaría bien cuidado y sería querido.
Lanzó por última vez la pelota mientras el tumor lo consumía. Goku la atrapó al vuelo y volvió hacia él moviendo el rabo. La soltó para que se la volviera a tirar. Pero esa debía ser la última. Con una profunda tristeza vio que su perro lo miraba con la cabeza ladeada, probablemente, desconcertado al ver que la pelota seguía en el suelo y no estaba cruzando el césped por el aire. Deseó poder quedarse en ese parque eternamente para seguir tirándole la pelota. Pero a su mejor amigo le estaban esperando.
– Vamos, campeón. Es hora de irse.
Le ató la correa al collar y subieron al coche. Goku movía enérgicamente el rabo, contento de poder ir de viaje a algún sitio estupendo donde poder seguir descubriendo el mundo juntos. Ladraba de excitación y parecía que le preguntaba: “¿a dónde vamos hoy?”. Esos ladridos, potentes, de perro pastor guardián, eran la voz de su mejor amigo y el mejor perro del mundo y, mientras conducía, los grabó a fuego en su cabeza: no iban a poder abrazarse cuando todo se apagara, pero escucharía su voz.
Cuando llegaron a la protectora ya estaban esperándolo. Goku bajó del coche junto a él, aún con alegría y esa vitalidad suya de perro pastor. Pero la alegría del viaje se fue convirtiendo en desconcierto en cuanto vio que su correa era agarrada ahora por ese simpático desconocido de cara amable.
Su dueño se agachó y le abrazó el cuello, y con la cabeza hundida en su pelaje, lloró amargamente. “Perdóname”, le repetía una y otra vez. No entendía qué estaba pasando pero el desconcierto era cada vez mayor. Cuando se separó de su cuello, su dueño tenía la cara mojada; como aquellas veces cuando sentía su tristeza y apoyaba su cabeza en sus rodillas para acompañarlo. Y le miró a los ojos, por última vez: “Me tengo
que ir, Goku. No vamos a volver a vernos. Pero, si puedo, te juro que estaré
acompañándote como lo has hecho tú conmigo hasta ahora. Te quiero, campeón”, le dijo y se incorporó. Goku no le quitaba ojo mientras se alejaba. Estaba muy tenso. ¿Qué demonios estaba pasando? Empezó a ladrar a su amigo quien se giró y le miró sonriente, aún con la cara mojada. Pero siguió alejándose y no volvió a mirarle. El desconcierto dio pie a la angustia cuando vio que se subió al coche sin él. Y la angustia acogió al miedo cuando el coche arrancó y le vio alejarse para no regresar jamás.
El parque estaba vacío. Nadie bajaba a la calle a esas horas del día, por eso había escogido hacerlo en ese momento. Para poder estar los dos solos, por última vez. Juntos. Como había sido siempre.
Hasta ahora.

Relato “Hasta ahora”, de Carmen 💜

GOKU, cruce de pastor alemán de 2 años y medio en adopción.
veroadopciones@hotmail.com
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